Miedo, Racismo e Interculturalidad

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Miedo, Racismo e Interculturalidad - AlternativaTlx
Foto: Proceso. Hernán Cortés
Por Ernesto Ramírez
Escribir sobre las emociones es complicado, más aún si se trata de emociones de seres humanos de siglos pasados; sin embargo, no dudo que una de las emociones que más experimentaron los indígenas que tuvieron que soportar el yugo del poder español hubo de ser el miedo ante esa situación, que le tuvo a partir de la conquista y la posterior colonización en clara desventaja-social, económica y cultural- durante tantos años de opresión y dominio.
Toda imposición política, económica o cultural es, sin lugar a dudas, negativa. Y más abyecta será cuanto más crueles y sutiles sean los mecanismos que se crean en el aparato burocrático y moral necesario para ejercer la dominación sobre los subordinados, como fue el caso de los indígenas por parte de las autoridades españolas en todo lo que hoy conocemos como América Latina.
Para comprender estos (a veces) incomprensibles mecanismos de terror hemos de considerar la mentalidad que los produce. Para el siglo XVI, se trataba de una “nación” recién creada: “España”, en tiempos donde en Europa nacía la concepción de los “estados modernos”, que no eran tan modernos porque se sustentaban en las mismas dos grandes estructuras que habían controlado la esfera política, religiosa y cultural en los tiempos medievales: La Corona y la Iglesia. Con el agravante de la expansión imperial,  los reinos cristianos de Castilla y Aragón, exportaron el espíritu mesiánico vencedor de la Reconquista contra el musulmán que llevaban en su sangre y su cultura, sedienta de evangelización y riqueza, desde hacía casi 800 años.
El Nuevo Mundo descubierto, Las Indias, abrió una inconmensurable puerta a la externalización de esas ambiciones e inquietudes aun impregnadas de medievalismo, que probablemente superaban en intensidad las intenciones imperialistas de los mexicas de entonces. La total explotación de la riqueza del territorio sometido es el contraste en esta cuestión concreta entre invasores europeos y habitantes originarios.
Todo resultó ser una adversa coyuntura para el indígena, sobre todo de los estratos más bajos de la sociedad (macehuales) a partir de la llegada de la bota española. Seres extraños que ya de por sí causaron un profundo temor por el brillo de sus corazas, sus barbas castañas, imponentes caballos y mortíferas armas. Pero eso no fue lo peor: más letales fueron las epidemias. Todo el temor de Dios y del Apocalipsis del que predicaron los profetas medievales se hizo presente en la Conquista y seguramente  a su modo en las mentes de los indios derrotados. Paralelamente, el miedo que pudo sentir el invasor ante el nuevo escenario lo imaginamos mucho menor del que tuvo que sentir el invadido.
Todos los seres humanos sienten miedo alguna vez y los conquistadores también lo acarreaban en su ser, como por ejemplo el miedo a la muerte sin confesión o el miedo al infierno. Pero el que impregnó al indígena se instaló de manera permanente en su corazón: miedo a no tener identidad, miedo a no poder pagar el tributo, miedo a no ser un buen súbdito, miedo a no ser un buen vasallo, miedo a no comprender los dogmas, miedo a perder a sus familiares, miedo a perder lo poco o mucho que poseían, miedo a sufrir un castigo severo en público, miedo a ser ultrajado constantemente, miedo a no sobrevivir a las extenuantes jornadas de trabajo, miedo a ser encarcelado arbitrariamente, miedo y nada más que miedo.
No era infundado, pues, ese temor constante, al poder político y religioso dominante que se encargó de institucionalizarlo y hacerlo efectivo mediante sistemáticos castigos, públicos o privados, ya fuera a través de los funcionarios peninsulares y criollos, incluidos los curas, o los justicias de raza indígena que fungían como garantes subordinados de la justicia local.
Un anatema cultural de esos tiempos coloniales es que el pecado era delito y el delito era pecado. Debemos tener en cuenta, quizá como elemento “atenuante”, que la santa Inquisición tuvo un papel secundario en estos menesteres. El Santo Oficio representó durante siglos en Europa y sobre todo en España una de las más sofisticadas estrategias de control del orden moral y religioso que desplegó el poder eclesiástico en toda su historia. Por decirlo de alguna manera, significó una fortuna que la condición de no bautizados de los indios no permitiera la actuación de estos tribunales. De lo contrario los Autos de Fe (juicios públicos de variada teatralidad que regularmente eran sanguinarios y siempre crueles) hubieran hecho su aparición en suelo americano en una proporción mucho más notable de lo que realmente fue. Se estima que se condenaron a morir en la hoguera en toda América a unas 100 personas en todo el periodo colonial según algunas fuentes.
Con Inquisición o no, lo cierto es que la violencia explícita, la violencia latente y la violencia simbólica fueron el pan de cada día para el sentir de los indios, incluso para todo aquel que no legitimara y cumpliera con las leyes y ordenanzas que se dictaban desde la silla imperial o desde la tiara papal. Esto incluía a todos los súbditos de la Corona. Nadie estaba a salvo de sentir miedo. La posibilidad del castigo siempre empañó la vida cotidiana y la existencia de los individuos, si bien indudablemente fue mucho mayor en el tortuoso camino del oprimido legal que era el indio. Pero el español, además, tenía dos grandes temores: la insurrección generalizada y la pérdida del paraíso económico en el que creía estar. El miedo del poder se impuso sobre el miedo del súbdito.
¿Inercia o resistencia?
El sangriento proceso de sumisión de los pueblos indígenas adquirió diversos matices, dependiendo del momento y del lugar del que se trate. No obstante, sí se puede considerar que los actos de resistencia fueron frecuentes y generalizados temporal y geográficamente en el período colonial.
Cualquier poder que se impone y se legitima por la fuerza ya crea en su propia entraña las semillas de la rebelión y de la resistencia que causarán su derrota. Ya lo decía Antonio Gramsci: un poder que no negocia, un poder que no escucha, está condenado. Y eso fue lo que finalmente le ocurrió al poder español.
Sin embargo, para que esto ocurriera hubieron de transcurrir 300 años, lo que podría hacer pensar que las dinámicas de resistencia al poder no fueron tan efectivas o tan intensas. La guerra chichimeca y la ocupación del territorio de Yucatán fueron quizá los epítomes de la resistencia militar indígena. Además, habría que matizar que tipos de resistencia se han producido. No es lo mismo hablar de revolución, que de revuelta, o de rebelión. La presencia española, salvo en estos dos casos, jamás vio seriamente amenazada su continuidad hegemónica.
Otra cuestión más compleja es determinar si en la interioridad del indio predominó la inercia o la resistencia. En mi opinión creo que ambas coexistieron. Lo importante finalmente es la supervivencia en un mundo declaradamente hostil en todos sus órdenes. Hay que pensar que la mayoría de los pueblos indígenas no fueron exterminados a pesar del llamado desastre demográfico y han pervivido bastantes lenguas y dialectos. El español no quería el exterminio como los nazis, porque no le interesaba. Necesitaba mano de obra para su descomunal despojo. Ante esto, el indígena, que ya había sufrido al Tlatoani, períodos terribles de escasez y contiendas bélicas permanentes, tuvo que adaptarse a la durísima e injusta situación que se le impuso. Ya fuera de forma pasiva o activa, lo cierto es que en términos generales, el indio sobrevivió.
De hecho, ha sido la población más numerosa hasta los años 30 del siglo pasado que fueron rebasados numéricamente por los mestizos. A la cuestión de cuál de las dos actitudes es más pertinente o adecuada para la vida y la convivencia respondería que depende del contexto. En unas ocasiones la inercia pasiva puede también ser generadora de procesos y en otras esos procesos solo podrán germinar con acciones de resistencia activa.
Miedos de hoy
Pienso que, en no pocas ocasiones, tenemos la desagradable sensación de que existe –realmente- una opinión mayoritaria en México de que los problemas nacionales se originan en la mansedumbre, la indiferencia, el complejo, la desidia, el malinchismo y otros prejuicios culturales originados exclusivamente en la sangre de un genotipo particular: el del indio huevón.
Es posible que haya algo de verdad en ello… Pero… ¿estamos seguros de que esos hábitos mentales negativos no son causa, sino más bien síntoma, de mecanismos de dominación más complejos? Me explico. Hoy en día todos somos blancos, mestizos, negros, indios…sin embargo los males del país son, en estos casos, debido a las supuestas incapacidades de los indios. Esto solo tiene un nombre: discurso dominante, que casualmente suele ser más blanco que indio. Y aquí blanco, se entendería como lo Occidental. Finalmente, racismo histórico.
Una constante de la historia es la monopolización del saber por parte de una minoría de la sociedad. Baste recordar la novela El nombre de la rosa, de Umberco Eco. En el siglo XIV…la Iglesia poseía el saber y no lo compartía con la masa iletrada. La cosa no cambió demasiado después. Si, evidentemente hoy sabemos que tenemos en teoría, y afortunadamente, un acceso incomparablemente mayor a la información (que no significa siempre y automáticamente cultura) pero creo que finalmente son otro tipo de mascaradas. ¿De qué nos sirve la información y la cultura si la sociedad en la que vivimos no valora la información ni la cultura? ¿Y si esa cultura es monopolizada por minorías?
Y no me refiero solamente a las élites, al poder o a los medios de comunicación. Me refiero a los ciudadanos urbanos de a pie, cada vez más incultos y adocenados por la utopía inducida de creer que lo prioritario es comprar, poseer y consumir de manera compulsiva. Y que los blancos son más “nices” que los indios. Y en el caso de la población indígena, rural y de bajos recursos, si por algo le caracterizan los otros, los sabios, es por su permanente ignorancia, fealdad y analfabetismo, cuando poseen conocimientos impensables y menospreciados por la cosmovisión colonialista o si se quiere, moderna. No se olvide que Emilio Azcárraga Milmo padre, o senior, presidente de Televisa, allá por los años 60 llegó a espetar: “yo hago televisión para jodidos, porque México es un país de jodidos”. Más claro, el agua limpia, ¿no?
Aquí es donde se observa la artificial escisión actual entre el pasado glorioso del mexica y el presente deleznable del indio jodido. ¿Pero de qué indios hablamos?  ¿Aztecas, zapotecas, yucatecos, tzeltales, tzotziles, mixes, mayas, tarahumaras, mazatecas, yaquis…etc., etc., etc.?…  ¿No es radical, exagerado, desproporcionado, valorar al indígena muerto una reliquia histórica grandiosa y al indígena vivo un ser despreciable por una supuesta miseria material o mental? Sin duda, lo es.
Finalmente, se trata de toda una estrategia histórica y cultural construida en la Colonia (y aun antes, por qué no) y consolidada desde la Independencia criolla y como siempre, desde las estructuras de un poder realmente antidemocrático que hoy se vanagloria de decir que es democrático, abierto, pluri-étnico y multicultural cuando en realidad vivimos en una sociedad profundamente racista.  Ese poder que ya no es ni indígena, ni mestizo, ni blanco. Ese poder que solo ve por el poder sin más sentimientos o compromisos éticos. Ese poder que se legitima a través de inyectar a la sociedad, indígena o no, el miedo como si este fuera un alucinógeno de tiempos prehispánicos.
El miedo que experimentan las colectividades no ha quedado ni mucho menos enterrado en los archivos. Sistemáticamente la sociedad sufre hoy la globalización y el neoliberalismo- u otras ideologías, que como todas, son unilaterales e intolerantes- y multitud de grupos o comunidades deben digerir ese miedo que transmiten los gobiernos y sus plataformas, los sistemas financieros y sus deudas, cuando no la intolerancia religiosa y racial, o los ejércitos, en todos los rincones del planeta.
En definitiva, impregnar socialmente el miedo es uno de los métodos directos o indirectos más eficaces y persistentes de la dominación histórica. Basta con prender la televisión o la radio, o conectarse a las redes sociales para aterrarse un poquito, o un muchito. Y si usted por casualidad vive alejado de este mundo “panóptico”, no se preocupe, el miedo, como en la cinta Apocalisis ahora, de Francis Ford Coppola llega sin demora en helicópteros.
No nos extrañemos que rara vez podamos hablar de convivencia profunda entre la sociedad occidentalizada capitalista y las comunidades originarias. La interculturalidad es algo mucho más serio. No basta con falsearla con discursos blanqueados. Y en todo esto, tiene que ver el miedo recíproco histórico que contamina todavía nuestros corazones.